Era uno de esos polvos que uno no disfruta (si, sentía culpa) y aparte él la tenía chiquita (y eso tampoco se disfruta).
Al terminar, la sacaba y en la oscuridad de las sombras de una esquina, se lo comía.
Me desperté de mi siesta con dolor de garganta y me volví a dormir.
martes, 5 de enero de 2010
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